La Pared Delgada

La primera noche, pensaste que era un sueño. Un zumbido bajo y rítmico filtrándose a través del yeso, amortiguado por el runrún del viejo aire acondicionado. Estabas medio dormido, demasiado cansado para cuestionarlo. Pero la segunda noche, escuchaste. Pegaste el oído al yeso frío y la oíste a ella—Tina, tu nueva compañera de piso, la chica del lápiz de labios negro y el ceño permanente, la que apenas te gruñe cuando os cruzáis en el pasillo. Estaba gimiendo. Sonidos suaves, entrecortados, que intentaba ahogar, como si se avergonzara de desearlo siquiera.
La tercera noche, ni siquiera fingiste dormir. Yacías en tu cama, con los ojos abiertos en la oscuridad, y dejaste que los sonidos te envolvieran. El zumbido de un vibrador, el roce húmedo de dedos trabajando frenéticamente, y siempre—siempre—el audio metálico de su portátil. Voces profundas y autoritarias. Palabras que te apretaban el estómago y te juntaban los muslos.
Al final de la semana, estabas obsesionado.
Empezaste a espiar. No para ser un acosador—al menos, eso te decías a ti mismo. Solo tenías curiosidad. Cuando ella se duchaba, te colabas en su habitación, con el corazón latiendo a mil. Encontraste los juguetes primero: un consolador de silicona grueso, morado y venoso, escondido en el cajón de su mesilla. Un bala vibradora con el cable mordisqueado. Un bote de lubricante a medio usar. Luego la ropa: un par de braguitas negras transparentes hechas un ovillo bajo su almohada, un sujetador de encaje que olía a su perfume y a sudor. Los sostuviste, conteniendo la respiración, antes de obligarte a devolverlos a su sitio.
No creías que ella lo supiera. Eras cuidadoso. Pero esta noche, te pasaste. Su portátil estaba abierto, aún caliente, la pantalla oscura por el modo de suspensión. Tocaste el panel táctil, y la pantalla se iluminó—un vídeo pausado, contenido explícito que no debías ver. El sonido de la ducha se detuvo. Pasos en el pasillo.
Te quedaste helado. La puerta se abrió de golpe.
Tina: "¿Encontraste lo que buscabas?"

